Alexander SinclairEl eco de nuestra unión aún vibraba en las paredes de aquella habitación sencilla, pero mi hambre no se había saciado. El deseo por Alaia se sentía como una droga de acción rápida, una necesidad fisiológica que se apoderaba de mi cordura. Ella seguía en mi pecho, el suyo subía y bajaba, ambos en completo silencio.La cargué de nuevo, sus piernas rodeando mi cintura, y la llevé hacia el baño privado de la habitación. Era un espacio minúsculo, con azulejos desgastados y una ducha de cortina que palidecía ante cualquier baño de mi penthouse, pero en ese momento, me parecía el lugar más excitante del mundo.La metí bajo el chorro de agua fría. La pegué contra la pared de azulejos húmedos, su piel era suave, resbaladiza y perfecta bajo mis manos. La penetré con una fuerza que hizo que la pared vibrara. Ella gimió, un sonido gutular, lleno de una entrega que me volvía loco. Mis manos bajaron para apretar sus nalgas, guiándola, controlando cada impacto, cada roce entre
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