Alaia Kendrick
El brillo azulado de la pantalla de mi portátil era la única luz en la habitación, iluminando mi rostro bañado en lágrimas secas que no cesaban de caer. Mis dedos, torpes y temblorosos, seguían enviando currículums a cualquier firma, despacho o corporación que tuviera sede fuera de Nueva York. Estaba intentando, de manera frenética, ordenar los pedazos de mi vida antes de que el huracán los desintegrara por completo. Mi mente era un torbellino: el miedo a Lorena y Crystal era un