Alexander Sinclair
La calidez de la cabaña, tras el baño, se sentía casi sagrada. Observarla caminar por la estancia, con sus pies descalzos hundiéndose en las alfombras y vistiendo una pijama sencilla que no hacía más que resaltar la pureza de sus facciones, me provocó algo que no experimentaba en años una paz absoluta, una sensación de hogar que creía perdida para siempre. Bajamos al comedor, donde la mesa estaba perfectamente dispuesta. Al ver el esmero que había puesto en cada detalle, en