Pasé toda la mañana siguiente dando vueltas por la mansión. Andrés se había ido temprano, otra vez, no dijo a dónde, ya no preguntaba, habíamos llegado a un acuerdo, él no me mentiría si yo no le preguntaba, pero el silencio también era una forma de mentira, omitir no es mentir.La abuela Margarita desayunó en su habitación, un empleado me informó que no se sentía bien, tal vez el cansancio o el haber escuchado más de lo que debía el día anterior.Me quedé sola, la biblioteca me llamó, no era la primera vez que entraba allí, pero antes siempre estaba Andrés o algún empleado, esta vez podía mirar con calma.Los estantes iban del suelo al techo, libros antiguos, carpetas, cajas. Y en la esquina más alejada de la ventana, un mueble bajo con puertas de madera, me arrodillé y las abrí.Dentro había álbumes, muchos, forros de cuero gastado, páginas amarillentas, los tomé uno por uno, los hojeé con cuidado.Fotos familiares. Bodas, bautizos, cumpleaños, rostros que empezaba a reconocer. Andr
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