Un golpe sordo anunció el cierre de las inmensas puertas de madera a mi espalda, aislándome por completo del resto de la residencia. Avancé despacio sobre la alfombra persa, procurando que mi respiración no delatara la tensión que me recorría el cuerpo. Aquel despacho parecía detenido en el tiempo, rodeado de estanterías repletas de volúmenes antiguos y bañado por la luz grisácea que atravesaba los vitrales.
En el centro de la biblioteca, Maximilian Laurent aguardaba sentado en un amplio sillón