El murmullo constante de la planta ejecutiva disminuyó de manera drástica en cuanto las puertas del ascensor privado se abrieron de par en par. Caminábamos juntos por el pasillo principal del piso presidencial, manteniendo un paso firme y acompasado que reflejaba una complicidad evidente, completamente ajena a las miradas curiosas de quienes nos observaban al pasar. Sebastian mantenía su mano apoyada en la curva de mi espalda baja, un gesto discreto pero protector que me recordaba su presencia