Damian se quedó completamente inmóvil. Su mandíbula permanecía rígida, marcando una línea dura e intimidante en su rostro. Su mirada iba de un lado a otro, alternando entre los fríos ojos de Livia, que lo atravesaban sin piedad, y la puerta de la habitación donde su pequeña hija, Starla, luchaba por su vida. Su pecho rugía con fuerza, oprimido por cientos de preguntas que durante siete años se habían convertido en los fantasmas de todas sus pesadillas. Su razón le gritaba que sujetara a Livia por los hombros y la obligara a hablar esa misma noche. Tenía derecho a saber por qué la mujer que más había amado había fingido su muerte, desaparecido y ocultado a la hija de ambos. Pero la imagen del rostro pálido de Starla, recién salida del estado crítico y aún marcada por los procedimientos médicos, cruzó de inmediato por su mente. Poco a poco, la ira que lo consumía fue apagándose bajo el miedo de perder a su hija. Sin importar la guerra o el rencor que existiera entre él y Livia... St
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