Damian se acercó de inmediato a la cama de Starla. Una leve sonrisa, tan rara de ver en él, iluminó su rostro, borrando por un instante las huellas del agotamiento que durante los últimos días jamás habían desaparecido de su expresión.
—Sí, mi amor.
—¿Ya no te duele? —preguntó Starla con la voz ronca, mirando a Damian con una preocupación evidente.
La niña asintió despacio, mientras sus pequeños dedos apretaban el borde de la manta del hospital.
—Todavía un poquito.
Damian le acarició con