Detrás de la curva del silencioso pasillo del hospital, el tiempo parecía haberse detenido.
Nicholas permanecía inmóvil, congelado como una estatua que ocultaba una tormenta en su interior. El costoso traje que vestía lucía impecable, confeccionado con una tela de la más alta calidad que contrastaba de forma casi absurda con la atmósfera del hospital, impregnada por el penetrante olor a antiséptico.
La verdad era que... llevaba allí desde hacía rato.
Apoyado contra la fría pared del corredo