Damian se quedó completamente inmóvil.
Su mandíbula permanecía rígida, marcando una línea dura e intimidante en su rostro. Su mirada iba de un lado a otro, alternando entre los fríos ojos de Livia, que lo atravesaban sin piedad, y la puerta de la habitación donde su pequeña hija, Starla, luchaba por su vida.
Su pecho rugía con fuerza, oprimido por cientos de preguntas que durante siete años se habían convertido en los fantasmas de todas sus pesadillas. Su razón le gritaba que sujetara a Livi