El ambiente en el pasillo del tercer piso del hospital cambió de forma drástica. El silencio de la noche, que hasta hacía un instante solo estaba acompañado por el tenue zumbido del sistema de calefacción, desapareció por completo, reemplazado por una atmósfera tan pesada que oprimía el pecho. El aire parecía haberse congelado, dejando un vacío saturado de una intimidación invisible. Las miradas de ambos hombres se encontraron, igual de afiladas, igual de reacias a retroceder aunque fuera medio paso. El pasillo del hospital, antes silencioso, estaba ahora colmado por una tensión casi tangible. Permanecían de pie como dos soberanos que, por accidente, se hubieran encontrado en la frontera de sus respectivos dominios. No hubo amenazas, ni puños alzados, pero la forma en que sus miradas permanecían entrelazadas bastaba para dejar claro que una guerra fría acababa de encenderse. Una guerra silenciosa, mucho más letal que cualquier enfrentamiento abierto. Nicholas permanecía erguido, p
Ler mais