―¿Entonces te vas a entregar a mí todos los días? ¿Estás dispuesta a pertenecerme, a esperarme cada que lo decida? ¿A jugar conmigo cada que quiera, cada que te indique y como lo quiera? ¿Estás dispuesta a ser mía, por completo?, ¿a aceptarme en tu interior como tu dueño?, ¿a dejar que me meta en lo más profundo de tu ser y te llene de mi caliente semilla?, ¿a venir a mí, sumisa, cada que quiera estar entre tus piernas, sin protección, solo siendo nosotros, sin importarte nada más, sin interesarte que seas mi hermanita? ―preguntó todo con agresividad, temblando de excitación, apretándome el cuello cada vez con más fuerza, al tiempo que mis caderas se movieron, perdiéndose en ese dios infernal que tenía debajo, que me estaba sometiendo con sus ojos, con sus palabras, con el deseo insano que me corroyó las venas, que disparó mi dopamina, todas mis hormonas.―¡Sí! ―grité sin más, reconociendo que quería todo de él―. Te quiero dentro, llenándome, convirtiéndome en tu mujer todos los días,
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