Su mano en mi abdomen subió a mi teta y la acogió con cuidado, apretándola con ligereza, derramando una gota de dulce néctar que me hizo jadear de la excitación, pegándome más a él, sin dejar de verlo, ver esa expresión fría en su rostro, esos ojos que me quemaron, porque, pese a su gesto gélido, me estaba quemando.
Bramó al ver la gota de leche derramarse desde la punta del pezón de chocolate, hasta llegar a su mano, en la que se perdió al impregnar su piel.
―¡Mierda! ―Sus ojos fueron a los mí