―¿Cuánto me deseas? ―cuestionó llamando mi atención para que me perdiera en su mirada celeste, incandescente y pecaminosa.
―Te deseo tanto, que no puedo más ―respondí casi sin voz, moviendo las caderas en círculos para que comprendiera cuán exasperada estaba, y todo por culpa suya.
―Te deseo tanto, que me arde la piel, que me quema el deseo, que mi sexo palpita aclamando el tuyo. Estoy perdida sin ti ―acepté desesperada, sin dejar de moverme, pese a que la postura en la que me tenía era complic