— ¡Me ha rechazado! —expresó en voz alta sin querer.— ¿Quién? —Charles arrugó el entrecejo—, ¿estás bien, Mason? —él negó.— Esa mujer del demonio me ha rechazado otra vez —tomó una gran bocanada de aire—, me obligará a hacer las cosas a la mala, ¡yo no soy un niño! —rugió.— ¡Vaya, sí que estás afectado! —Mason miró a su primo con aburrimiento—, ¿a dónde vas? —levantó la mano hacia él, ignorándolo, y salió del comedor.— ¡Basilio, Basilio! —gritó irritado, llamando a su criado para que lo llevara a casa del objeto de su desesperación.— ¡Mason! ¿Qué son esos gritos? Por el amor del Cristo Redentor —el hombre bufó entregando la carta a su tía mientras acomodaba la chaqueta y tomaba el bastón, el sombrero y el abrigo para marcharse—, ¡ah, ya veo! ¿Vas a algún lado?— ¿Qué cree usted, excelencia? —respondió de manera insolente.— Creo que no deberías enfrentarla con el genio que tienes en este momento, podrías echarlo a perder —dijo tranquilamente; Mason bufó enfadado de nuevo con la j
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