Capítulo 32. Un encuentro inesperado
La casa de descanso de Lucía era, en teoría, un oasis de paz absoluta, pero para mí, durante esos primeros días, no fue más que una jaula dorada frente al mar. El aire salino, la humedad pesada de la costa y el sonido constante y rítmico de las olas, que a cualquier otra persona le habrían parecido un regalo del cielo, a mí me resultaban extraños, ajenos y casi insultantes. ¿Cómo podía el mundo seguir girando con tanta belleza y tranquilidad mientras mi vida entera se fragmentaba en mil pedazos? Cada vez que miraba por la ventana hacia el horizonte infinito, no veía libertad; solo alcanzaba a vislumbrar la inmensa distancia que me separaba de la vida que, con errores, lujos y mentiras, había intentado construir a lo largo de diez años.Lo que más me carcomía por dentro en ese aislamiento no era el miedo latente a que Federico cumpliera sus amenazas, sino el doloroso silencio de mis propios hijos. Mateo seguía refugiado en una hostilidad silenciosa y cortante, esquivando mi mirada en l
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