Capítulo 48. La luz de los reflectores
El amanecer del día siguiente se sintió como el inicio de una ejecución. No hubo calma. Desde las seis de la mañana, la paz de la finca se vio alterada por el sonido incesante de motores que subían por el camino de terracería. Los medios internacionales que convoqué habían llegado y, con ellos, un despliegue de cámaras, trípodes, micrófonos y personal técnico que transformó nuestro humilde refugio en el centro de atención del país.La finca, que durante semanas había sido mi búnker, ahora estaba siendo invadida por la luz artificial de los reflectores; una luz que, aunque agresiva, era necesaria para disipar las sombras de Federico.Víctor, siempre alerta, coordinaba el acceso a través de los portones. A pesar de la presencia de los periodistas, él no bajó la guardia ni por un segundo. Se movía con una precisión casi felina entre los reporteros, estableciendo límites claros, asegurándose de que nadie, ni siquiera por accidente, se acercara demasiado a la zona donde Mateo y Sofía jugab
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