MARIANALlevábamos toda la mañana esperándolo en el salón.Valentina no se despegaba de la ventana, vigilando la entrada, preguntando cada dos minutos "¿ya viene?, ¿ya viene el tío Hassan?". Layla daba vueltas, acomodando cojines que no necesitaban acomodo, nerviosa. Y yo tenía en la cocina, tapadito con un trapo, un pastel que había hecho con Valentina —torcido, cubierto de más chispas de las necesarias, con un "BIENVENIDO" escrito por una mano de cuatro años—, porque necesitaba hacer algo con las manos mientras el corazón se me apretaba de gratitud y de culpa.Culpa. Porque ese hombre estaba herido por nosotras.Cuando por fin se abrió la puerta y entró Hassan, con el brazo en cabestrillo y una venda asomándole por el cuello de la camisa. —¡TÍO HASSAN!Valentina salió disparada. Alcancé a gritar "¡despacio, mi amor, el brazo!", pero Hassan ya se había agachado con una mueca de dolor que disimuló al instante, y la recibió con el brazo bueno, abrazándola contra su pecho.—Aquí está mi
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