Zayed
Hassan estaba en la cama, pálido, conectado a cables, con el hombro vendado y el brazo en cabestrillo. Dormido por la anestesia. Más pequeño de lo que ese hombre enorme había sido nunca.
Acerqué una silla y me senté a su lado.
Y algo se me rompió por dentro.
Porque la gente creía que Hassan era mi chofer. Mi jefe de seguridad. Un empleado leal.
No sabían nada.
Hassan me enseñó a ser hombre cuando el hombre que debía hacerlo se convirtió en hielo. Hassan me escuchó, me aconsejó, me regañó,