MARIANA
—Ma… —Tragué saliva, con las piernas temblando—. Ma, ¿cómo… cómo llegaste hasta Dubái? ¿Cómo supiste…?
—No. —Mi madre levantó una mano, cortándome en seco—. No, señorita. Yo no le doy explicaciones a una hija mentirosa. Aquí la única que va a explicar cosas eres tú, y ni así te voy a creer, porque llevas cinco meses mintiéndome en la cara.
—Ma, por favor—
—¿Sabes cómo me enteré? —Su voz subió, temblando—. Por la hija de la vecina. La Chuy. Que me enseñó una revista en el teléfono, muerta