MARIANAEl beso lo cambió todo.Ya no era el del jardín, medido, con una cámara esperando. Ya no era el de la tormenta, interrumpido por un trueno. Este era un beso sin público, sin guion, sin fecha, sin miedo. Un beso que llevábamos meses debiéndonos y que por fin nos estábamos pagando, entero, con intereses.Zayed me sostuvo la cara con las dos manos como si yo fuera algo que llevara mucho tiempo queriendo tocar y no se hubiera permitido. Yo me aferré a las solapas de su camisa, y después a él, y después ya no supe dónde terminaba yo y dónde empezaba él. Su boca se abrió sobre la mía, hambrienta, y yo le respondí con la misma hambre, con meses de deseo contenido saliéndoseme por la piel.Retrocedimos entre las velas. El aroma de los azahares nos envolvía. Sentí el borde de la cama contra las piernas y me detuve, con la frente contra la suya, los dos respirando fuerte.—Espera —murmuré—. Espera.Zayed se detuvo al instante, aunque le costó, aunque lo sentí temblar por el esfuerzo de
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