MARIANA
El auto avanzaba por la noche de Dubái y yo no sabía si quería llorar o gritar.
—Hassan, dime a dónde vamos. —Me abracé a mí misma en el asiento—. Por favor. Ya no estoy para sorpresas hoy.
—Ya casi llegamos, señora. —Fue todo lo que dijo, con esa amabilidad suya que no daba nada.
Yo iba convencida de lo peor. De que Zayed se había ido porque se acabó la función. De que el beso del jardín, ese beso que a mí me partió en dos, para él no había sido más que una foto de portada. De que yo,