MARIANA
Desperté con el sol filtrándose entre las cortinas y el brazo de Zayed alrededor de mi cintura.
Por un momento glorioso, antes de que la realidad me alcanzara, fui completamente feliz. Su respiración en mi nuca. El calor de su cuerpo pegado al mío. Las velas ya consumidas, los azahares marchitos en los jarrones, y la certeza, todavía tibia, de la noche más hermosa de mi vida.
—Buenos días —murmuró contra mi hombro, medio dormido, y me apretó más contra él.
—Buenos días. —Sonreí como una