MARIANADespués de días encerradas por el escándalo, con la prensa acampada afuera del palacio, necesitaba que Valentina respirara. Que fuera niña un rato. Así que la llevé a un parque privado, uno tranquilo, con dos de los hombres de Hassan a unos metros, vigilando. Zayed había insistido en la seguridad. Yo, por una vez, no discutí.Valentina corría entre los árboles, persiguiendo palomas, riéndose con esa risa que me curaba cualquier cosa. Por unos minutos, viéndola jugar, casi olvidé el infierno de la última semana.Casi.—Vaya, vaya. Qué escena tan tierna.Se me heló la sangre.Rodrigo. Apareció de entre los árboles, del lado por donde no estaban los guardias, caminando rápido hacia nosotras. Desesperado. Con los ojos afiebrados de un hombre al que están apretando por todos lados.—¡Rodrigo! —Me interpuse—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo—?Pero no me miraba a mí. Miraba a Valentina.Y antes de que yo pudiera reaccionar, se agachó, abrió los brazos, y le puso la sonrisa más falsa que le he
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