MARIANA
Pasaron semanas.
Y fueron, con mucho, las más felices y las más agotadoras de mi vida.
Porque de día éramos dos extraños con un contrato. Zayed me hablaba con esa cortesía fría delante del personal. Yo le contestaba con la distancia justa delante de Mansour. En la mesa, mirábamos cada uno nuestro plato. En los pasillos, nos cruzábamos con un saludo de vecinos. Frente al mundo, seguíamos siendo exactamente lo que su padre necesitaba creer: un negocio con fecha de caducidad.
Y de noche,