ZAYED
No iba a volver a verla llorar. Y no iba a volver a ver a esa niña salir corriendo, aterrada, de un hombre que se hacía llamar su padre.
Esas dos imágenes me llenaban la cabeza mientras el auto avanzaba por la ciudad. Mariana en el suelo, hecha un ovillo contra la puerta, rota por dentro por culpa de un gusano. Y Valentina en el parque, temblando, aferrándose a las piernas de su madre, pidiéndome a mí, corriendo a mis brazos huyendo de él. No otra vez. Ninguna de las dos. Lo que fuera nec