ZAYED
—Vine por mi hija, Mari. O por lo que valga renunciar a ella.
En mis cuarenta años he negociado con hombres despiadados. He visto ambición de todas las formas. Pero nunca, hasta ese momento, había escuchado a un hombre ofrecerse a vender a su propia hija con una sonrisa en la cara.
Quise romperlo. Con toda mi alma, quise cruzar el recibidor, tomarlo del cuello y estrellarlo contra el mármol carísimo de mi casa hasta que se le borrara esa sonrisa para siempre.
No lo hice.
Porque la furia e