MARIANA
Tenía el teléfono en la mano y no podía dejar de temblar.
No de miedo. De rabia.
La cara de mi hija estaba en las noticias. Mi Valentina, mi niña de cuatro años, convertida en carnada de un escándalo que ella no eligió. El contrato filtrado. El plazo de un año expuesto para el mundo entero. Y ahora, encima, la palabra que me estaba destrozando: demanda. Demanda por custodia. En las portadas.
Y yo sabía quién estaba detrás. Lo sabía con cada hueso del cuerpo.
—¿Cómo? —Apreté el teléfono