Esa mañana decidí que no iba a dejar que se escapara.Llevaba días saliendo antes del amanecer, esquivándome como se esquiva una conversación incómoda. Y después de lo de hace un par de noches —de sus dedos en mi mejilla, de ese centímetro que ninguno cruzó—, no pensaba dejar que volviera a desaparecer como si nada.Así que me levanté temprano, me arreglé, y bajé al comedor este dispuesta a desayunar con mi marido aunque le pesara.El comedor estaba vacío.La mesa larga, puesta para nadie. Ni un plato usado.—¿Y el señor Zayed? —le pregunté a la muchacha que acomodaba flores.Dudó. Miró hacia el fondo del pasillo, hacia las puertas de servicio, y bajó la voz.—El señor… desayuna en otro lado, señora.—¿En otro lado?No me contestó. Pero su mirada lo dijo.Seguí el pasillo. Crucé las puertas batientes. Y llegué a un lugar de este palacio en el que, según Halima, la señora de la casa no debía poner un pie jamás.La cocina.Me detuve en seco en el umbral.Ahí estaba Zayed.Pero no el Zay
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