MARIANA Lo más difícil ya había pasado. La ceremonia salió perfecta. Nadia entró como una reina, Omar la esperaba en el altar con esa sonrisa suya que a mí me daba escalofríos, y nadie, ni el invitado más exigente, habría encontrado una sola flor fuera de lugar. Ahora sonaba la música, los novios abrían el baile bajo una lluvia de luces doradas, y la fiesta entera me daba la razón: era un éxito. Mi éxito. El que iba a salvar mi empresa. Estaba sentada junto a Zayed, permitiéndome respirar por primera vez en horas, cuando vi el movimiento cerca de los baños. Una mesa de arreglos tambaleándose, una mesera con cara de pánico. —Vuelvo enseguida —le dije a Zayed, y me levanté. Era un accidente tonto. Un arreglo floral volcado, agua en el piso. Lo resolví en dos minutos: una mesera nueva, un trapo, otro centro de mesa de los de repuesto que yo siempre, siempre, tengo de repuesto. Pero el calor del salón, la gente, el perfume de mil flores, todo de pronto me cayó encima. Me sent
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