MARIANA
Entré a su oficina cuando el último niño ya se había ido.
Zayed estaba de pie junto al ventanal, dándome media espalda, otra vez con la coraza puesta como si los últimos minutos no hubieran existido.
—Me gustó lo que vi —dije, suave—. Lo de los niños. Que ayudes a ese orfanato. No tenías que esconderlo.
No contestó eso. Ni siquiera lo dejó flotar en el aire.
—¿Qué haces aquí? —Su voz salió cortante—. No deberías estar en mi oficina. Este no es tu lugar.
Otra vez con "tu lugar". Apreté l