ZAYEDNo sentí el cristal romperse. Sentí, eso sí, la sangre caliente bajándome por la muñeca, y el nombre todavía flotando en el aire del salón.Rashid Omar Hamza.A mi lado, Mariana me tomó la mano sin pedir permiso. Apretó una servilleta contra el corte, los ojos muy abiertos, diciéndome algo que no escuché. Algo de salir de ahí, de buscar agua, de no hacer una escena.Pero yo no podía moverme. Porque del otro lado del salón, entre la gente que aplaudía, él ya venía hacia mí.Caminaba sin prisa, con esa calma que solo tienen los hombres que creen haber ganado. Saludaba con la cabeza a un lado y al otro, recibía felicitaciones, sonreía. Y mientras sonreía a todos, me miraba solo a mí.—Zayed. —Se detuvo frente a nosotros. Abrió los brazos como si fuéramos viejos amigos—. Qué alegría que vinieras. No sabía si tendrías el estómago.—No me lo perdería por nada —dije.—Eso veo. —Bajó la mirada a mi mano, a la servilleta que ya se teñía de rojo, y algo se le encendió en los ojos. Placer.
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