**LEONOR**La ventaja de vivir en un pueblo donde la atracción principal es el campanario de la iglesia es que el tiempo pasa lento, pero mi panza no seguía ese ritmo. Ya andaba por el cuarto mes y la ropa holgada de lino empezaba a quedarme justa. Mi chamba como tutora privada iba viento en popa; los billetes en la lata de conservas ya hacían un bulto decente y Mateo andaba feliz porque por fin comíamos carne de la buena casi todos los días.Me acomodé en la mesa del jardín, bajo la sombra de los olivos, esperando a mi alumno estrella, el hijo de los Rossi, los dueños del viñedo más grande de la zona. Estaba repasando unos textos de Virgilio cuando me vino un mareo de esos que te revuelven el estómago. Me apoyé contra la madera vieja, respirando hondo.“No te vayas a desmayar otra vez, Leonor”, me regañé, tocándome el vientre con una firmeza protectora. El crío se movía con una energía salvaje que me recordaba demasiado a su padre. A veces me daba un miedo tremendo pensar en lo que p
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