**LEONOR**
El descaro intelectual funcionó en un parpadeo. Para el jueves en la tarde, ya tenía a tres hijos de los terratenientes más ricos de la zona sentados a la mesa de madera tosca de Mateo. Les cobraba una tarifa decente por hora, billete sobre billete, dinero limpio de rastros digitales que iba directo a una lata de conservas oculta en mi armario.
—Tu acento no es de por aquí, Leonor —me dijo el hijo mayor de un productor de vino local, mientras corregía un texto de Cicerón—. Pareces de