El dolor desgarrador en la voz de Emily perforó las últimas defensas de Leila, dejándole un frío insoportable en el pecho. Ver a su pequeña temblar de esa manera, reviviendo el trauma del abandono y la muerte de Delia, era una tortura que no le deseaba ni a su peor enemigo. Leila se arrodilló por completo, ignorando la harina que ensuciaba el suelo y la presencia de los tres hombres que observaban la escena en un respetuoso y conmovido silencio. Tomó el tierno y pequeño rostro de su hija entre sus manos, obligándola suavemente a mirarla a los ojos a través de los cristales redondos de sus gafas.—Escúchame muy bien, Emily. Mírame a los ojos, mi amor —comenzó Leila, modulando su voz con una ternura infinita, pero con una firmeza absoluta que pretendía ahuyentar todos los fantasmas del pasado—. La madre Delia se fue porque estaba muy, muy enferma, y su cuerpecito ya no podía resistir más. Pero mamá está sana, fuerte y completamente a salvo. Yo no me voy a ir para siempre. No te voy a
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