Teresa se acercó a grandes zancadas, y el silencio sepulcral del ala médica fue desgarrado por el sonido agudo, rítmico y metálico de sus tacones de aguja, que repiqueteaban contra el suelo de terrazo con cada paso furioso que daba.
Su rostro, habitualmente maquillado con una perfección artificial, estaba desfigurado por una mueca de desprecio y hostilidad contenida.
Cada una de sus facciones delataba que había estado buscando ese reencuentro con ansias destructivas.
«Ay Dios, ahora no, por f