El eco del chillido de Emily todavía vibraba en las paredes de la cocina, suspendido en el aire como una descarga eléctrica que amenazaba con detener el corazón de Leila.
Un sudor frío le brotó de inmediato en la frente y el pánico, que hasta hacía un segundo era una densa neblina mental, se transformó en una oleada de adrenalina pura y violenta.
«¿Qué? ¿Cómo? Cerré la puerta con llave. Estoy segura de que giré el pestillo al despedir al último cliente», pensó Leila en un milisegundo de desesp