El aire en la cocina se volvió denso, casi imposible de respirar. Las palabras de Daisy flotaban en el espacio como fragmentos de vidrio flotando en el agua, amenazando con cortar la frágil realidad que Leila había intentado construir con tanto esmero durante las últimas horas. Un pánico frío, visceral y paralizante se arrastró por su columna vertebral, amenazando con sobrepasarla por completo y hacerla caer de rodillas sobre el suelo cubierto de harina. Sintió que el pulso le latía con fuerza en las sienes, un tamborileo ensordecedor que distorsionaba todo a su alrededor.Sin embargo, el instinto de madre, ese mecanismo implacable de protección que se activa ante la menor amenaza, se impuso sobre su propio terror. Leila respiró hondo, tragándose el nudo de hiel que se le formaba en la garganta, y se obligó a relajar las facciones de su rostro. No podía permitir que Emily viera una sola pizca de miedo en sus ojos.Con un esfuerzo de voluntad sobrehumano, se giró lentamente hacia
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