POV: ValentinaLa sala de juntas del Grupo Monteclair tiene dieciséis sillas. Una mesa que Ernesto mandó hacer en los años noventa. Ventanas que dan al norte con una vista de Aldenvera que en treinta años no cambió lo suficiente para que alguien lo note.Conozco esta sala desde que tenía doce años.La primera vez que entré fue con Ernesto, un domingo, cuando el edificio estaba vacío y él me explicó qué hacía cada persona que normalmente ocupaba cada silla. Me dijo que algún día iba a sentarme en la cabecera. No como pregunta. Como dato.Hoy, por primera vez, siento que no es mía.Rodrigo está sentado enfrente. No en la cabecera. Esa la ocupo yo. Pero me mira como si ya la estuviera midiendo. Los directores están a ambos lados. Peralta, a mi derecha, con la cara de alguien que ha visto demasiado en treinta años de abogacía. Al fondo, asistentes y abogados. Caras conocidas. Caras que me miran con lástima. O con curiosidad. O con las dos cosas.El orden del día es un solo punto: mi idone
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