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Capítulo 53: El empujón

POV: Valentina

Llevo una hora caminando sin dirección.

Aldenvera de noche es otra ciudad. Más fría. Más vacía. Las luces de los edificios se reflejan en el asfalto mojado. No recuerdo cuándo empezó a llover. O tal vez no llueve. Tal vez soy yo.

El teléfono vibra una y otra vez. Camila. Peralta. Renata. Lucía. Daniela. Números que no conozco. No contesto ninguno.

No quiero hablar. No quiero explicar. No quiero que nadie me diga que todo va a estar bien porque no es verdad.

Perdí.

Rodrigo ganó.

Isabel me traicionó.

Sebastian se fue.

Todo lo que construí durante diez años se desmoronó en una tarde.

Sigo caminando. Las calles están mojadas. Mis zapatos hacen ruido en el pavimento. Tacos. Uno tras otro. El mismo ritmo de siempre. Pero todo es diferente.

No quiero ir al departamento neutral. Allí están las dos tazas. La cama donde dormimos juntos. El silencio de la cocina a las dos de la mañana. Los recuerdos de lo que tuvimos antes de que se rompiera.

No quiero ir a mi departamento de soltera. Allí está la vida que tenía antes. Antes del contrato. Antes de él. La mujer que creía que no necesitaba a nadie. La que daba charlas sobre autonomía femenina y se reía de las que se arrastraban por un hombre.

Tal vez esa mujer tenía razón. Tal vez no.

Ya no sé nada.

—¿Valentina?

La voz me detiene en medio de la vereda.

Renata. Apoyada en la puerta de un bar que no reconozco. Un café en la mano. Ropa casual. El pelo suelto. Me mira como si supiera que iba a pasar por aquí. O como si el destino fuera un chiste de mal gusto.

—¿Qué haces aquí? —pregunto. Mi voz suena rara. Como si no fuera mía.

—Vivo a dos cuadras. Te vi desde la ventana. Dando vueltas como un fantasma.

—No soy un fantasma.

—No —dice Renata—. Pero pareces uno.

Se separa de la puerta. Camina hacia mí. Me mira de arriba abajo. El traje negro. El pelo recogido. Las ojeras que no puedo disimular. Las manos vacías. El teléfono en el bolsillo, vibrando sin que yo lo mire.

—¿Viste la noticia? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.

—Todo Aldenvera la vio. Hasta mi vecino que no lee nada me preguntó si eras vos.

—¿Y qué le dijiste?

—Que no sabía. Que no contestabas los mensajes.

—Es cierto. No contesté.

—Lo sé.

Renata me mira. No pregunta por qué. No necesita preguntar.

—¿Viste la noticia? —pregunta ella.

—Sí.

—¿Y cómo estás?

La pregunta me encuentra sin armadura. Sin la ironía que uso como escudo. Sin el personaje de CEO que todo lo controla.

—No lo sé —digo—. Perdí la empresa. Mi amiga me traicionó. El hombre que quiero se fue. No sé cómo se supone que me sienta.

—Como el culo —dice Renata. Directa. Como siempre.

—Eso.

—¿Quieres hablar?

—No.

—¿Quieres estar sola?

—Tampoco.

—Entonces quédate aquí. Un rato. Conmigo.

No digo que sí. No digo que no. Me apoyo en la pared, a su lado. El ladrillo está frío. O fría soy yo.

—No sé qué hacer —digo.

—¿Con qué? ¿Con la empresa? ¿Con Sebastian? ¿Con Isabel? Porque todo es un desastre, Val. Pero no puedes resolver todo al mismo tiempo.

—Entonces ¿por dónde empiezo?

Renata me mira. Bebe un sorbo de su café. Piensa. No se apura. Esa es su forma de quererme. Darse tiempo para responder bien.

—Por Sebastian —dice.

—¿Por qué él y no la empresa?

—Porque la empresa va a seguir ahí. Rodrigo no va a desaparecer. Isabel va a seguir siendo una traidora. Todo eso se puede pelear mañana. Pero si tú quieres a ese hombre, y él te quiere a ti, lo demás se puede reconstruir.

—¿Y si no me quiere?

Renata me mira fijo. Pausa larga. La que hace cuando va a decir algo importante.

—¿Tú lo viste en la conferencia de prensa? ¿Viste cómo te miró? ¿Viste cómo te tomó la mano? Eso no se finge, Val. Yo estuve ahí. Lo vi.

—Eso fue antes de la lista. Antes de las frases. Antes de que supiera que era el menos pelotudo.

—Y sigue estando —dice Renata—. Camila me contó. Fue al edificio. Estuvo en el pasillo. Quiso entrar. Isabel le metió m****a en la cabeza. Pero él fue. Eso es más de lo que hace la mayoría.

—Se fue.

—Porque es un pelotudo. Como todos los hombres. Pero fue. Estuvo ahí. Quiso entrar. Eso tiene que significar algo.

—¿Eso es suficiente?

—No. Pero es un comienzo.

Apoyo la cabeza en la pared. Miro el cielo. No hay estrellas. Solo nubes grises.

—Tengo miedo —digo.

—¿De qué?

—De ir y que no me reciba. De que me diga que ya no siente nada. De que sea tarde.

—¿Y si no es tarde?

—Eso es lo que no sé.

Renata termina su café. Tira el vaso en un tacho.

—Nadie lo sabe, Val. Pero quedarte acá, en la calle, caminando sin rumbo, no te va a ayudar.

—¿Qué me recomiendas?

—Ve a tu casa. Duerme. Mañana va a ser otro día.

—¿Mi casa cuál? ¿El departamento neutral o el mío?

Renata me mira.

—El que quieras. Pero elige uno. No te quedes en el medio.

—No quiero estar sola.

—Entonces no estés sola. Llámalo. Dile que vaya. O ve tú. Pero haz algo, Val. Quedarte en la calle caminando como un fantasma no sirve.

La miro.

—¿Cuándo te volviste tan sabia?

—Siempre lo fui. No me escuchabas.

Casi sonrío. Casi.

Renata me abraza. Fuerte. Corto. Como ella.

—Ve —dice—. Hace frío.

—¿Vas a estar bien?

—Siempre lo estoy. No te preocupes por mí.

—Gracias.

—Para eso están las amigas. Para decirte las verdades que no quieres escuchar.

Se va. Camina hacia su edificio. No mira atrás. Nunca mira atrás.

Me quedo en la vereda un momento más.

Renata tiene razón. No puedo resolver todo al mismo tiempo. Pero puedo elegir por dónde empezar.

Elijo mi departamento. El de soltera. El que no compartí con él.

No quiero ir al neutral. No esta noche. Allí están los recuerdos de lo que tuvimos. Y todavía no sé si lo que tuvimos fue real o solo una estrategia que se fue de las manos.

Camino.

Las cuadras pasan. El edificio se acerca. Las luces de las calles. El viento frío. Las hojas mojadas en el suelo.

Y entonces lo veo.

Sebastian está sentado en el escalón de la entrada. La cabeza gacha. Las manos apoyadas en las rodillas. La ropa arrugada. La barba de varios días. La chaqueta mojada. Lleva horas ahí.

No sabe que estoy aquí.

Me detengo.

Lo miro.

Él levanta la cabeza.

Nos miramos.

Nadie habla. Un segundo. Dos. Tres.

Su cara. Ojeras. Cansancio. Dolor. El mismo que siento yo.

Él se pone de pie despacio. No se acerca. Espera.

Camino hacia la puerta. Paso a su lado. No lo miro. Saco las llaves. Abro.

Me detengo en el umbral. No entro. No lo invito a entrar. No le digo que se vaya.

Él no se mueve. Espera.

Entro. Dejo la puerta abierta.

Detrás de mí, escucho sus pasos. Cruza el umbral. La puerta se cierra.

El clic suave. El mismo de todas las puertas.

Pero esta noche es diferente.

Esta noche no estamos solos.

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