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Capítulo 54: Las palabras que faltaban

POV: Valentina

Sebastian está detrás de mí. No lo miro. No puedo. Si lo miro, voy a dejar de pensar. Y necesito pensar.

El departamento de soltera está igual que lo dejé. Los mismos muebles. Las mismas cortinas. El mismo silencio que tiene este lugar cuando no hay nadie. Pero ahora él está aquí. Y el silencio es distinto.

—No esperaba encontrarte aquí —digo. Mi voz suena fría. No es frío lo que siento. Pero es lo único que sale.

—No sabía a dónde más ir —dice él. Su voz suena ronca. Como si no hubiera hablado en días.

—¿Por qué no fuiste al departamento?

—Porque no estabas tú. Ese lugar es nuestro. No quería estar ahí sin ti.

La palabra nuestro me golpea. No sé si tiene derecho a decirla. No sé si yo tengo derecho a escucharla.

Me doy vuelta.

Lo miro.

Está igual que hace un momento en la puerta. Ropa arrugada. Barba de varios días. Ojeras. La chaqueta mojada. Las manos vacías. No trajo nada. Ni una explicación. Ni una flor. Ni una mentira. Solo él.

—Estuviste en el edificio —digo. No es una pregunta.

—Sí.

—En el pasillo.

—Sí.

—Camila te pidió que entraras.

—Sí.

—Y no entraste.

—No.

—¿Por qué?

Sebastian me mira. Sus ojos están cansados. Rojos. Como si no hubiera dormido en días. Tal vez no lo hizo.

—Isabel —dice—. Estaba ahí. Me dijo cosas.

—¿Qué cosas?

—Que no sabes estar sola. Que solo me necesitas. Que no es amor. Que todo fue una estrategia. Que nunca te importé de verdad.

—¿Y le creíste?

El silencio de Sebastian es la respuesta.

—Necesito que me lo digas —insisto, cruzando los brazos. No es un gesto de defensa. Es un gesto de contención. Para no explotar—. ¿Le creíste?

—No sé —dice—. En ese momento, sí. Tenía la cabeza llena de la lista. De las frases. De técnicamente funcional. De el menos pelotudo. Todo eso me estaba matando. Y ella llegó con sus palabras justas. Las que duelen. Las que confirman los miedos.

—¿Y ahora? —pregunto—. ¿Ahora qué crees?

—No lo sé. Por eso estoy acá.

Bajo la mirada. Miro el piso. El departamento tiene el mismo piso de siempre. Los mismos muebles. La misma luz tenue. Todo igual. Todo distinto.

—Isabel es una traidora —digo, y la palabra me sale con un odio que no sabía que tenía—. Trabaja para Rodrigo. Está con Hector. Me usó para sacarte del camino. Me usó para saber lo que sentía. Me usó para destruirme.

Sebastian no se sorprende. Ya lo sabe. Camila le dijo.

—Lo sé —dice.

—¿Desde cuándo?

—Camila me lo dijo. En el pasillo. Antes de que me fuera.

—¿Y aun así le creíste a Isabel?

—Estaba herido, Valentina. Y ella me dijo justo lo que necesitaba escuchar para seguir estándolo. No me defiendo. Solo te explico.

—No quiero explicaciones. Quiero que me digas si vas a creer siempre lo que otros dicen de mí. Porque no puedo vivir así. No puedo estar con alguien que escuche a cualquiera antes que a mí.

—¿Tú me escuchaste a mí? —dice Sebastian. Su voz cambia. Ya no es la del que pide disculpas. Es otra. Más dura. Más honesta—. Cuando te dije que me dolía la lista, ¿me escuchaste? ¿O solo me dijiste que no significaba nada y esperaste que eso fuera suficiente?

—No es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo. Los dos tenemos miedo. Los dos nos sentimos inseguros. Los dos necesitamos que el otro nos demuestre que esto es real. La diferencia es que yo fui a buscarte. Tú te quedaste en la sala.

—¿Y eso qué significa?

—Que no eres la única que tiene derecho a sentirse traicionada.

El silencio ahora es mío. Porque tiene razón. Porque también yo me defendí en lugar de escuchar. También yo asumí que lo de la lista no importaba porque para mí no importaba. Y para él sí.

Camino hacia la ventana. Miro la calle. Aldenvera sigue ahí. La misma ciudad de siempre. La misma que me vio caer y levantarme una y otra vez.

—Está bien —digo, sin voltearme—. Tampoco te escuché. También me defendí en lugar de entender. También asumí que lo de la lista no importaba porque para mí no importaba. Y para ti sí.

—Sí.

—¿Y ahora qué? ¿Los dos con la razón? ¿Los dos con la culpa?

—No sé —dice Sebastian—. Pero quiero intentarlo.

—¿Intentar qué?

—Esto. Nosotros. Aunque duela. Aunque no sepamos si va a funcionar. Aunque tengamos que reconstruir todo desde cero.

—¿Y si no funciona?

—Entonces habremos intentado. Eso es más de lo que hace la mayoría.

Me doy vuelta. Lo miro. Sus ojos. Los mismos que me miraron en el lobby del edificio Serrano. Los mismos que nunca me tuvieron miedo.

—No voy a pedirte que vuelvas al departamento —digo.

—No voy a pedirte que me perdones —dice él.

—Entonces ¿qué nos queda?

—Quedarnos aquí. Hoy. Hablar. Decirnos todo lo que no dijimos. O no decir nada. Pero no estar separados.

—No sé si puedo perdonarte —digo.

—Yo tampoco sé si puedo perdonarte —dice él.

—Entonces ¿cómo se supone que hagamos esto?

—Un día a la vez. Sin prometer lo que no podemos cumplir. Sin fingir que no duele. Pero sin huir.

Lo miro un largo rato. Su barba. Sus ojeras. Sus manos vacías. Su corazón roto. El mismo que el mío.

—Está bien —digo.

—¿Está bien?

—No —digo, y casi sonrío—. Pero es lo único que tengo.

Sebastian no sonríe. No se acerca. No me toca. Solo asiente.

—Entonces empezamos por eso.

—Por eso —digo.

El silencio que sigue no es incómodo. No es el silencio de la cocina después de la pelea. Es otro. Más parecido a una tregua. Un respiro antes de seguir.

No sé si vamos a lograrlo. No sé si el amor sobrevive a la lista, a las frases, a las traiciones, a las dudas.

Pero él está aquí. Yo estoy aquí.

El teléfono de Sebastian vibra.

Lo mira. Su cara cambia. Algo se tensa en su mandíbula.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Nada —dice. Guarda el teléfono en el bolsillo.

—Sebastian.

—Es tarde. Hablemos mañana.

—Sebastian —insisto—. ¿Quién fue?

Él me mira. Sus ojos tienen algo que no había visto antes. No es rencor. No es amor. Es duda. Otra vez duda.

—Dame el teléfono —digo.

—Valentina...

—Dame el teléfono.

Sebastian duda. Un segundo. Dos.

Saca el teléfono del bolsillo. Lo desbloquea.

Me lo pasa.

—No sé si deberías leerlo —dice.

—¿Por qué?

—Porque puede cambiar las cosas.

—¿O confirmarlas?

No responde.

Miro la pantalla.

El mensaje está abierto. Es de Isabel.

El corazón me da un golpe.

Sigue ahí. Sigue atacando. Sigue queriendo separarnos.

Levanto la vista. Sebastian me mira. Espera.

—¿Vas a leerlo? —pregunta.

No respondo.

Bajo la mirada hacia la pantalla.

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