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Capítulo 51: La asamblea

POV: Valentina

La sala de juntas del Grupo Monteclair tiene dieciséis sillas. Una mesa que Ernesto mandó hacer en los años noventa. Ventanas que dan al norte con una vista de Aldenvera que en treinta años no cambió lo suficiente para que alguien lo note.

Conozco esta sala desde que tenía doce años.

La primera vez que entré fue con Ernesto, un domingo, cuando el edificio estaba vacío y él me explicó qué hacía cada persona que normalmente ocupaba cada silla. Me dijo que algún día iba a sentarme en la cabecera. No como pregunta. Como dato.

Hoy, por primera vez, siento que no es mía.

Rodrigo está sentado enfrente. No en la cabecera. Esa la ocupo yo. Pero me mira como si ya la estuviera midiendo. Los directores están a ambos lados. Peralta, a mi derecha, con la cara de alguien que ha visto demasiado en treinta años de abogacía. Al fondo, asistentes y abogados. Caras conocidas. Caras que me miran con lástima. O con curiosidad. O con las dos cosas.

El orden del día es un solo punto: mi idoneidad para seguir al frente del Grupo Monteclair.

Rodrigo habla primero. Como siempre. Su voz es calmada. Razonable. La de alguien que solo quiere lo mejor para la empresa.

—No se trata de un ataque personal —dice—. Se trata de transparencia. La presidenta contrajo matrimonio en circunstancias que ahora conocemos. Hubo una lista. Hubo un contrato. Hubo frases que demuestran que este vínculo no fue genuino. Si el liderazgo del Grupo se sostiene sobre una base falsa, ¿cómo podemos confiar en el resto?

Pausa. Mira a los directores. Uno por uno.

—No pido su destitución —dice—. Pido una revisión. Una comisión que evalúe si estas circunstancias afectan su capacidad de liderazgo. Nada más.

Los directores murmuran. Algunos asienten. Otros miran sus carpetas. Nadie quiere mirarme a los ojos.

Peralta me pasa una nota. "Habla claro. No te disculpes. No pidas perdón."

Asiento.

Me pongo de pie.

—Señores directores —digo—. No voy a negar que hubo una lista. No voy a negar que el matrimonio comenzó como una estrategia para cumplir la cláusula del testamento de mi abuelo. Eso es verdad.

Rodrigo sonríe. Cree que me hundo sola.

—Pero también es verdad —sigo— que lo que comenzó como un contrato se convirtió en algo real. Sebastian Varel no es mi esposo por conveniencia. Es mi esposo. Punto. Las frases que se filtraron fueron dichas en un contexto que ya no existe. En broma. En privado. Entre personas que confiaban en que eso quedaría ahí.

Un director levanta la mano.

—Presidenta, ¿tiene pruebas de que la relación es genuina?

—¿Qué prueba quieren? ¿Un certificado de amor? No existe. Lo que existe es el hecho de que seguimos juntos. De que él estuvo a mi lado en la conferencia de prensa. De que eligió quedarse cuando pudo haberse ido.

No digo que se fue. No digo que ahora está en un hotel, solo, dudando si volver. No es el momento.

—¿Y cómo sabemos que no es parte del acuerdo? —insiste otro director.

—Porque no hay acuerdo. El contrato original tiene una duración determinada. Ya se cumplió. Si seguimos juntos, es porque queremos estarlo. No porque nadie nos obliga.

Miento. El contrato no se cumplió. Faltan meses. Pero el directorio no necesita saber eso. Necesita saber que no hay coacción. Y eso es verdad.

Rodrigo no habla. No necesita hacerlo. Ya plantó la duda. Las dudas no necesitan pruebas. Solo necesitan tiempo para crecer.

Otro director toma la palabra. Fernández. Uno de los indecisos. El que siempre espera a ver para qué lado sopla el viento antes de opinar.

—Presidenta —dice—, con todo respeto, las filtraciones muestran un patrón de conducta. Una cosa es un matrimonio estratégico. Otra es reírse del cónyuge con la asistente. ¿Cómo confiamos en su criterio si eso es lo que hace en privado?

La pregunta me golpea. Porque tiene razón. No en el fondo. Pero en la forma. La imagen que proyecta es mala. Y en un directorio, la imagen lo es todo.

—Me equivoqué —digo—. Fue un error. Una broma de mal gusto. No voy a justificarlo. Pero un error no define diez años de trabajo.

—Un error puede costar una empresa —dice Fernández.

—No esta vez —digo—. Porque estoy aquí. Porque voy a seguir trabajando. Porque el Grupo va a seguir creciendo. Conmigo o sin mí. Pero les aseguro que conmigo es mejor opción.

Silencio.

Peralta pide la palabra. Habla de legalidad. De cláusulas. De derechos. De que no hay base para destituir a una presidenta por su vida privada. Nadie lo escucha. No porque no tenga razón. Porque Rodrigo ya ganó la batalla antes de que empezara.

La votación es secreta.

Pasan las papeletas. Los directores escriben. Doblan. Depositan.

Peralta las cuenta. Su cara no cambia mientras abre cada una. La de un hombre que ha visto demasiado. Pero cuando termina, algo en sus ojos se apaga.

—Nueve votos a favor de iniciar el proceso de revisión del liderazgo —dice—. Seis en contra. Una abstención.

Nueve.

Perdí.

No por mucho. Pero perdí.

Rodrigo sonríe. Esa sonrisa que practica frente al espejo.

—Habrá una comisión de evaluación —dice Peralta—. La presidenta conserva sus funciones hasta que la comisión emita su dictamen.

—Por supuesto —dice Rodrigo—. No hay apuro. Solo queremos lo mejor para el Grupo.

Me siento.

La silla está fría. O soy yo. No sé.

Los directores empiezan a levantarse. Algunos se acercan a Rodrigo. Lo felicitan. Como si hubiera ganado una elección.

Peralta se acerca.

—No es el final —dice en voz baja—. La comisión puede fallar a tu favor.

—¿Y si no?

—Entonces peleamos.

Asiento. No tengo fuerzas para más.

Salgo de la sala. El pasillo está vacío. Blanco. Largo. Silencioso.

Camila me espera al fondo. Tiene los ojos húmedos.

—Jefa —dice.

—No me digas nada —respondo.

—Tengo que decirle.

—Camila...

—Isabel —dice Camila—. Estaba en el pasillo. Hablando con Sebastian. Yo lo vi. Intenté detenerlo, decirle que entrara, que usted lo necesitaba. Pero él... él se fue. Isabel le dijo algo. No sé qué. Pero se fue.

Cierro los ojos.

Isabel.

Mi amiga.

La que me abrazó en el almuerzo. La que me dijo "te quiero". La que me preguntó cómo estaba Sebastian con esa sonrisa que ahora entiendo.

Estaba en el pasillo. Hablando con Sebastian.

Y él se fue.

—Jefa —dice Camila—. ¿Está bien?

No respondo.

Camino hacia el ascensor. Mis piernas me sostienen. No sé cómo.

—Jefa —insiste Camila.

—Camila —digo, sin voltearme—. Déjame sola.

—Pero...

—Por favor.

Camila no dice nada más.

El ascensor llega. Entro. Las puertas se cierran.

Bajo. Piso catorce. Trece. Doce. Once. Diez.

En algún lugar de este edificio, Rodrigo está celebrando. Isabel está sonriendo. Sebastian está en la calle, o en un hotel, o en ninguna parte.

Yo estoy aquí. Sola. En un ascensor.

Perdí la empresa.

Perdí a mi amiga.

Perdí a Sebastian.

O tal vez nunca lo tuve.

Las puertas se abren. Planta baja. El lobby. La calle.

Salgo.

Aldenvera sigue igual. La ciudad no se detuvo porque mi mundo se derrumbó.

Camino. No sé adónde. Solo sé que no quiero volver al departamento. No quiero ver la cama vacía. No quiero ver las dos tazas en el armario.

Sigo caminando.

Sin dirección.

Sin nada.

Solo el ruido de la ciudad. Los autos. La gente. Las vidas que siguen.

La mía también va a seguir.

No sé cómo. Pero va a seguir.

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