Capítulo 62. La despedida que no esperaba.
El dolor era un latido constante en su costado, pero Valeria había aprendido a ignorarlo mucho antes de aprender a leer. En el orfanato, el hambre dolía. El frío dolía. La indiferencia de los posibles adoptantes dolía más. Esto era solo carne. Podía soportarlo.Se arrancó un trozo del camisón del hospital y se vendó la herida con movimientos torpes, pero firmes. La sangre empapó la tela en segundos, pero al menos dejó de gotear al suelo. No podía dejar rastro.Las linternas de los policías bailaban entre los árboles. Se giraron hacia ella. Valeria se apretó contra el tronco de un roble centenario, conteniendo la respiración. El frío de la corteza se filtraba por la tela fina de su ropa.Y entonces, en medio del miedo, llegó la claridad.No quiero huir.La pensó con tanta fuerza que casi la dijo en voz alta. Toda su vida había estado huyendo. Del orfanato. De la soledad. De la idea de que nadie la quería realmente. Y cada vez que corría, terminaba más sola.Esta vez, iba a detenerse.P
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