El coche de Marcos se alejó de la mansión de Héctor con un chirrido de neumáticos que dejó una marca oscura sobre el asfalto. Dentro, el silencio era tan denso que Laura podía oír los dientes de él crujir, la respiración entrecortada que salía de su pecho como un resoplido de animal herido. Sus manos, aferradas al volante, blanqueaban los nudillos con cada curva, y la carretera se desdibujaba ante sus ojos mientras la rabia nublaba su visión.—El viejo nos ha engañado —dijo al fin, con una voz que era un filo de acero—. Nos ha hecho creer que habíamos ganado, y todo era una farsa. Un papel sin valor. Un juego de niños.Laura, sentada a su lado, miraba por la ventanilla el paisaje urbano que pasaba a toda velocidad. Su mente, más fría que la de él, ya estaba trabajando. No era la primera vez que perdía una batalla, y cada derrota le había enseñado algo valioso. Esta vez, había aprendido que Héctor no era tan ingenuo como parecía, que el niño, ese maldito niño de gafas azules, era más p
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