El coche de Marcos se alejó de la mansión de Héctor con un chirrido de neumáticos que dejó una marca oscura sobre el asfalto. Dentro, el silencio era tan denso que Laura podía oír los dientes de él crujir, la respiración entrecortada que salía de su pecho como un resoplido de animal herido. Sus manos, aferradas al volante, blanqueaban los nudillos con cada curva, y la carretera se desdibujaba ante sus ojos mientras la rabia nublaba su visión.
—El viejo nos ha engañado —dijo al fin, con una voz