Capítulo 2: Lo que el deseo olvida.

Cuando la mañana llegó, Vanessa sintió el golpe de la luz en su rostro. Primero en los párpados, luego en las sienes, y finalmente en todo el cráneo, como si alguien estuviera martillándole desde adentro. El dolor de cabeza era insistente, pulsátil, un tambor de guerra que le recordaba que la noche anterior había existido, aunque su memoria hubiera decidido hacer la maleta y largarse sin dejar dirección.

Vanessa intentó sentarse y el mundo se inclinó cuarenta y cinco grados. Las sábanas de seda color burdeos resbalaron por su torso desnudo, y entonces el frío le mordió los pezones erectos. Bajó la mirada.

Estaba desnuda.

Completamente desnuda.

Las sábanas manchadas. Un moretón pequeño en su cadera izquierda, con forma de dedo. Un escozor íntimo, profundo, que le dolió al cerrar las piernas. Y un vacío negro en su memoria donde deberían estar las horas anteriores.

—No —susurró, y su voz sonó ronca, rota, como si hubiera gritado—. No, no, no…

El miedo le subió por la espalda como un ejército de hormigas heladas. La vergüenza le quemó las mejillas. ¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado? Recordaba el ascensor. Recordaba el vestido azul. Recordaba a Laura sonriendo mientras le daba esa copa de sabor amargo. Y luego… nada. Un agujero negro. Un borrón.

Se envolvió en la sábana como si fuera un escudo, apretándola contra su pecho con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Su corazón latía tan rápido que creyó que se le iba a salir por la garganta. Miró a su alrededor.

La habitación era enorme. Una suite de lujo. Un ventanal que daba a la ciudad, un minibar de mármol, una butaca vacía. Y ninguna otra persona.

No vio a nadie.

¿Quién la había dejado así? ¿Quién la había desnudado? ¿Quién le había puesto esos moretones en las caderas? ¿Quién…?

—No pienses —se dijo en voz alta, ahogando un hipido—. Vístete. Sal de aquí. Piensa después.

La puerta se abrió de golpe.

Laura entró primero, con esa sonrisa de cuchillo que Vanessa aún no conocía. Detrás de ella, con el traje impecable, su padre.

—Mira, papá —dijo Laura, con una voz dulce como veneno—. Tu hija favorita. La que es mejor en todo. Resulta que también es la mejor en la cama con tipos antes de casarse.

El mundo se detuvo.

Vanessa abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Su padre la miraba como si la viera por primera vez, con los ojos llenos de algo peor que el enfado: decepción. Una decepción húmeda, pesada, que le temblaba en el labio inferior.

—Papá, yo… —empezó Vanessa, pero su voz era un hilo de humo—. No sé qué pasó. No recuerdo. Laura me llevó… ella me dio una copa…

—¿Ahora yo tengo la culpa? —la interrumpió Laura, llevándose una mano al pecho con fingida indignación—. Tú viniste solita. Dijiste que querías divertirte. Yo solo te acompañé al hotel, pero tú escogiste subir con él.

—No es verdad —gimió Vanessa, apretando la sábana contra su pecho—. Papá, por favor, yo nunca haría esto. 

Su padre levantó una mano. El silencio cayó como una losa.

—No quiero saber —dijo él, y su voz sonó vieja, cansada, derrotada—. No quiero saber nada, Vanessa. Creí que eras diferente. Creí que eras la única que no me daría vergüenza.

La palabra vergüenza entró en el pecho de Vanessa como un cuchillo de doble filo. Dio un paso al frente, con las piernas a punto de fallarle.

—Papá, no me dejes sola, por favor. No sé qué pasó. Alguien me hizo daño. Laura…

Pero él ya se había dado la vuelta. Ya estaba en la puerta. Ya la estaba abandonando.

—Laura —dijo sin mirar atrás—. Espera a tu hermana y baja con ella. Nos vamos.

La puerta se cerró. Las pisadas de su padre se alejaron por el pasillo. Y Vanessa se quedó allí, de pie en medio de la suite, envuelta en una sábana manchada, temblando de frío y de miedo y de una rabia que empezaba a germinar en algún lugar muy profundo de su estómago.

Laura caminó hacia ella despacio, haciendo tictac con sus tacones sobre el mármol. Se detuvo a un paso. La miró de arriba abajo como si fuera un insecto.

—¿Qué? —dijo Laura, con una sonrisa ladeada—. ¿No te gustó la habitación? ¿O prefieres que hablemos de lo bien que lo pasaste anoche?

Vanessa levantó la cara. Las lágrimas, por fin, rodaron calientes por sus mejillas.

—¿Qué me hiciste?

Laura se inclinó hacia ella, tan cerca que Vanessa pudo oler su perfume —el mismo que llevaba siempre, el que su padre le regalaba en Navidad— y le susurró, con una dulzura que helaba la sangre:

—Te hice un favor. Ahora papá sabe que no eres tan perfecta. Ahora veremos si después de esto sigues siendo su favorita. Y tú… tú te quedas con las migajas, hermana.

Se separó, ajustó su blazer, y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se volvió.

—Vístete. Y baja. No hagas que papá espere más. 

Y se fue.

La puerta quedó abierta. El pasillo vacío. El silencio.

Vanessa se dejó caer de rodillas sobre la alfombra. No podía creer lo que había pasado, tomó su vestido, se cambió. Pero antes de salir, algo llamó su atención sobre la mesilla de noche: una tarjeta de presentación negra, con letras doradas.

Vanessa tomó la tarjeta. La giró entre sus dedos. No recordaba a ningún Ignacio. No recordaba nada. Pero aquel nombre, escrito en dorado sobre negro, le produjo una corriente eléctrica que le recorrió el brazo hasta el hombro.

Guardó la tarjeta en el bolsillo invisible de su vestido. Apretó los labios. Inhaló hondo.

Y salió de la habitación 69 con la cabeza alta, el corazón roto, pero con una certeza nueva brillando en sus ojos como un diamante en bruto.

No recuerdo qué pasó anoche. Pero voy a descubrirlo. Y cuando lo haga… voy a hacer que todos paguen.

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