El sol entró por las rendijas de las cortinas alrededor de las siete de la mañana. Laura seguía despierta, tumbada en el sofá, con la mirada perdida en el techo. El cuerpo le pesaba, los párpados le ardían, pero el sueño no llegaba. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Vanessa. La veía en la oficina de Ignacio, sonriente, segura de sí misma, vestida con ese traje azul que le quedaba tan bien. La veía robándole todo lo que ella había construido.Pero esta vez, algo diferente ardía en su pecho. No era solo rencor. Era miedo. Un miedo frío, pegajoso, que se le enredaba en las tripas como una serpiente. Porque por primera vez en cinco años, Laura comprendió que podía perderlo todo. No solo el favor de su padre. No solo su puesto en la empresa. Todo. Su libertad, su reputación, su futuro. Si Ignacio descubría la verdad sobre aquella noche, no se limitaría a despedirla. La destruiría.Se incorporó con un gemido de dolor en la espalda. El sofá no estaba hecho para dormir. Llevaba tres noche
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