El ascensor se cerró con un sonido metálico, sellando el vacío que dejaba atrás. Al quedar sola en el habitáculo, mi cuerpo finalmente cedió. Me deslicé por la pared metálica hasta llegar al suelo, con la cabeza enterrada entre las rodillas. El hospital no era solo el lugar donde salvábamos vidas; era una máquina de triturar almas, y hoy, yo era la pieza que había terminado reducida a escombros.No tenía fuerzas para buscar a mi familia. No tenía fuerzas para ir a casa y ver a Leo o a Isabella, porque sentía que si los tocaba, mi propia amargura los contaminaría. Me quedé allí, subiendo y bajando entre pisos, escuchando las puertas abrirse y cerrarse, hasta que alguien pulsó el botón de mi mismo nivel.Las puertas se abrieron y, para mi desgracia, era el Director del Hospital. Se detuvo en seco al verme allí, hecha un ovillo en el suelo del ascensor, con la bata blanca arrugada y los ojos rojos.—Doctora Harrington… —su voz fue un susurro de alarma profesional—. ¿Qué ha ocurrido? Me h
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