Pasamos la tarde entre risas, cambios de pañales y un Leo que no se despegaba de la cuna portátil, actuando como el guardián más feroz que Isabella podría tener. Por unas horas, el mundo exterior desapareció. No había muestras robadas, ni abogados, ni dudas existenciales. Solo éramos nosotros, una familia que había aprendido a reconstruirse entre las ruinas, dándose cuenta de que el mejor hogar no es una estructura de piedra, sino las personas que te esperan dentro.Pero la calma, en nuestras vidas, siempre ha sido un preludio.El sonido del timbre de la mansión fue seco, autoritario, y rompió nuestra burbuja con la precisión de un bisturí. Noah se puso en pie, su mandíbula apretada, y lanzó una mirada de advertencia hacia la puerta principal.—Yo iré —dijo, pero Ian ya estaba de pie, con una expresión gélida en el rostro.—No —interrumpió Ian, dejándome a Isabella en los brazos—. Si es ella, prefiero ser yo quien reciba el golpe.Me levanté con cuidado, sintiendo la tensión de los pu
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