El silencio en la oficina era absoluto, roto solo por los sollozos contenidos de Zoe contra mi camisa. Cada lágrima era un recordatorio de lo ciego que había sido. Mientras yo me perdía en celos absurdos y en la paranoia de una apuesta de facultad, mi propia madre estaba destruyendo las bases de nuestra vida con la precisión de un cirujano psicópata.
—No la llames —dije, apartándome un poco para mirar sus ojos, que ahora reflejaban una mezcla de horror y alivio—. No digas una palabra. Si ella s