Ciento ochenta años después de aquella noche legendaria.El Valle de la Manzana ya no era solo un bosque. Era un ecosistema vivo que se extendía por tres valles completos. Los árboles dorados crecían tan altos que sus copas formaban un dosel que filtraba la luz del sol en tonos ámbar y oro. Comunidades enteras vivían bajo su sombra, cultivando, estudiando y creando un mundo donde la libertad no era un ideal, sino una práctica diaria.Lira XVI, de veintiséis años, caminaba descalza por el sendero central del bosque más antiguo. Su cabello negro caía en ondas salvajes hasta la cintura, y sus ojos tenían ese brillo característico: dorado cuando estaba calmada, plateado cuando ardía de determinación. Era la decimosexta generación que llevaba el nombre, y sentía el peso de todos los que vinieron antes como una corona que no podía quitarse.A su lado caminaba su hermano gemelo, Voss II, de veintiséis años. Alto, de mirada calculadora y sonrisa peligrosa, era la imagen viva de su tatarabuelo
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